viernes 11 de diciembre de 2009

Pulso de luz

Extendí los brazos para captar la luz. La lluvia logró apagar las llamas de las velas junto a mí. Ahora, en la oscuridad, alzo la voz entre las montañas que retornan palabras jamás pronunciadas, eco de mis adentros, fruto del vacío estelar de la escarpada sierra, choque frenético de interferencias destructivas.


Desde aquí, como mero observador en el cono de luz, las sombras del futuro acechan el pasado como remolinos de incertidumbre y relatividad, dentro de la oscilación de mi universo, como haces poderosos que proyectan imágenes de todo aquello que pienso y que jamás podrás escuchar.

sábado 5 de diciembre de 2009

Eclipse lunar

Recuerdo mil veces los días y las noches en que, después de arder junto a mí, pugnabas por abandonar la habitación con ligeros pasos hacia la puerta, y en tu peculiar lenguaje me rogabas que abriese la puerta, y yo, a unos pasos de ti, rompía mis sueños y los dejaba caer al suelo para ir en tu auxilio y liberarte de cada una de las cárceles donde entrabas cada vez que te alejabas de mí.

Recuerdo mil veces tus gestos casi inteligentes, con atisbo de humanidad, mirándome desde cada rincón, invitándome a seguirte allá donde fueras, aunque siempre quedara un indicio en mí de que, alguna vez, habías estado aquí, porque quise decirte que siento que te manifiestas a través de mí y me liberas de todo. Quizá regresaras para concederme un deseo que no duraría más de un segundo.

Recuerdo mil veces tus ojos, reflejando todo lo que iba a suceder, todo lo que nadie más podría ver. El más absoluto brillo del mundo proyectado a través de tus pupilas, atrapándome en una espiral de la que jamás lograré escapar.

Recuerdo mil veces tu belleza en el sopor de la tarde, leve y vaporosa como una nube que no sabe hacia dónde dirigirse; tu brillo y suavidad, caminando a ras del suelo, conservándote sin mácula allí donde te posaras.

Te recuerdo mil veces y, sin embargo, sólo un recuerdo me basta para evocar cómo tu calor se convirtió en un frío estático; tu belleza y tu brillo en volátiles cenizas; tu calma en delirio y, tus ojos, clavados en lo más profundo de mí para siempre, en un eterno eclipse de insustancial oscuridad.

domingo 4 de octubre de 2009

Ultimun moriens

Me senté frente a ti con un agujero en mi pecho. Tú buscabas en el fondo mi corazón, pero topaste con tus ojos en lo más profundo de mí mismo y una sonrisa en el espejo que frecuentabas en mis días más claros. Tanto tiempo ha pasado desde que huiste con tus cabellos a la espalda, dejando tu rostro plasmado en el lugar que mi músculo cardíaco debía ocupar hoy, que todas las sombras del mundo reposan sobre este montículo en medio de la nada, desde donde me asomo para otear el horizonte, esperando, al menos, ver tu figura alejarse para exterminar esta duda, esta esperanza de verte regresar desde más allá del círculo de tinieblas.

Nada quedó salvo tus huesos, a mi alcance si quisiera excavar, si de mí dependiera detener el curso normal de nuestra historia; arrastrar la tierra con mis manos y desplazar la hojarasca caída durante varios inviernos en tu ausencia y, entre lobos hambrientos, devorar los últimos restos de tu alma impregnada en el vacío donde según algunos el sonido no se propaga y, sin embargo, escucho tu voz apagada mezclada con un viento que asola todo a su paso, como un gran tornado en un amanecer sin sol.

No puedo arañar más un sólo momento de esta tarde donde mis movimientos son extremadamente lentos, tu figura continúa huyendo de mí y el tiempo transcurre tan rápido que he vivido varios atardeceres en uno solo, y cada aguja de un reloj que se detiene viene a clavarse en lo más profundo de mi corazón, inerte sobre la palma de mi mano, mientras se cierran todas las puertas a mi alrededor y el espacio se contrae en sí mismo absorbiendo todo lo que fuimos.

domingo 27 de septiembre de 2009

Sizigia

Abro la puerta hacia adentro y empujo la nieve con las botas para abrime paso. El cielo se ha tornado de un gris más claro a medida que avanza la tarde, como si el sol desde el otro lado pretendiera abrise paso como yo, a patadas con el invierno. Tú me miras desde la ventana, pálida como siempre y con la mirada perdida; yo, me giro y continúo hacia adelante divisando el horizonte helado, rasgado por nervios de ramas deshojadas, sombras negras y cuervos devorando el cadáver de un reno, o cualquier otro animal que hace tan sólo un par de horas no estaba allí.

El único contraste sobre un fondo deslumbrantemente blanco es el negro de pequeñas figuras que revolotean, de sombras afiladas en la estampa invernal, aderezada con el frío adherido permanentemente en mis mejillas y en mis manos desnudas, y mi respiración, un fantasma vaporoso en el frío de la tarde, exhalado por mi boca callada y mis oídos esperando una palabra tuya.

Me giré para verte de nuevo, pero ya no estabas. Espejismos siberianos. Mucho frío. El aleteo de un ave carroñera tras de mí. Una calma destructiva impregnada de estrellas tenues bajo el comienzo de la aurora. Mis rodillas se clavan en el suelo helado y mi ropa se humedece provocándome un escalofrío en la espina dorsal. Oigo el aliento ahogado de un rostro bajo el hielo, tus manos pegadas al otro lado de una borrosa ventana de escarcha y tus ojos fijos en mí, completamente abiertos. Tu cabello dibuja formas que simulan aquellas ramas desnudas y, como Medusa, petrificas mi cuerpo con tu mirada, o quizá sea el hielo que te aprisiona mientras mis lágrimas se congelan en la mirada, deteniendo para siempre el tiempo en este momento en que todos somos volátiles como la aurora, y el hielo se fragmenta a medida que pasa el invierno.

sábado 19 de septiembre de 2009

Alter ego

Déjame no ser yo, por un momento; un minuto en nuestras vidas, y ver qué puede sentir un ser humano. Y dejar de sentir la tierra fría deslizarse entre mis manos y, al mirar la luna, no ver más que un círculo, o un fragmento del mismo, iluminado por los rayos de un astro escondido a mis espaldas.

Déjame no ser yo, por un momento; el sentido de todo lo que fui, y comprender el sentido de lo que eres. Cerrar los ojos y atrapar un instante en un pequeño frasco de cristal transparente, y abrirlos y ver el mundo encerrado en él, y conservarlo todo el tiempo que pueda tal como es sin intoxicarlo con mi propia percepción.

Déjame no ser yo, por un momento; un instante en el tiempo que detienes en tus retinas, para caminar con mi imagen encerrada en tus ojos abiertos y, cuando los cierres, borrarme para siempre de ti, de los confines de tu memoria.

Déjame no ser yo, por un momento.

domingo 13 de septiembre de 2009

Núcleo psicosomático

Un día como éste me planté frente al espejo. Simplemente observé si, en lo estático de mi imagen, a mi voluntad, podría contemplar algún gesto distinto, una mueca o un guiño que me arrastrara lejos de esta normalidad. La imagen no me devolvió siquiera la mirada. Me acerqué aún más y me sumergí en lo más profundo de mis pupilas, y giré en espiral hacia adentro y sentí un vértigo poderoso que me obligó a aferrarme a la pared con la esperanza de regresar, pero mis ojos me absorbieron tan profundamente que creo que aún no he logrado escapar.

Hoy, cada vez que me acerco al espejo, lo hago con el temor de encontrarme a mí mismo tal como soy, liberado de las mil capas que protegen, a modo de carcasa blindada, uno o varios espíritus que conviven sin más remedio en algún lugar de la geografía de mi ser. Y allí, enfrentado a mi propia imagen, si guiño un ojo esa visión se cruza de brazos, o sonríe, o permanece estática y con la mirada perdida, y yo cierro los ojos para volverlos a abrir y allí no hay nadie, sólo la pared que tengo detrás, como si no fuese nadie, como si el tiempo se detuviera en un momento antes y ahora no quedara de mí más que un fantasma que merodea de habitación en habitación intentando buscar una salida entre estos pasillos neuronales, interconectados con unos túneles que únicamente conducen hacia abajo, y cada vez más abajo. Quizá sea el vértigo de saber que estoy arriba y presentir que en cualquier momento tendré que descender para sumergirme por siempre en ese abismo del que siempre hablo, pero que ninguno comprendemos.

martes 8 de septiembre de 2009

Hemoglobina

Mar revuelto. Sustanciosa y coloreada espuma roja que ondula sobre un esquema tridimensional de algas entrelazadas, moléculas de agua y carbono sin fusionar, mezcla heterogénea de seres vivos burbujeantes en el océano de tus ojos.

Eres un mar de redes de captura, anzuelos y arpones surcando las aguas desde un extremo a otro, en los confines de un planeta sin luz propia, donde es precisa una sucesión de átomos de luz cruzando la nada para estrellarse con rocas afortunadas, o quizá no, entre las sombras de un abismo que aún no llego a comprender.

El Gran Abismo, desplegando sus vastas alas negras, intentando abrazar todo lo que dejas atrás en un convulsivo viaje hacia el centro de tu universo, donde convergen todos los caminos que decidiste no atravesar.

El centro de todo esto es un gran desagüe en el que confluyen las palabras que no te atreviste a mencionar, mientras secabas de tus labios algunas gotas de mi sangre. Y ahora que estoy muerto, sé que no me odiaste, pero aún me temes.

domingo 12 de julio de 2009

Vespertino

Estoy pensando en la materia oscura de aquellos días, ceñidos a mi espalda como unas falsas alas que me animan a saltar desde lo más alto de esta torre de Babel, donde hablamos lenguas distintas, donde los avisos de la muerte se interpretan de maneras tan diferentes que es lo mismo que no escucharlos.

Caminé largos senderos en busca de la humedad de aquellos momentos en los que hablaba conmigo mismo, sentado junto al río que transportaba tu imagen distorsionada por remolinos entre las piedras, por los tenues rayos de un sol gris en una imagen en blanco y negro en la que, de espaldas a mí, sumergías tus manos y las alzabas cargadas de agua transparente hasta tu rostro, que se giraba para mirarme y yo me extremecía al ver tus cuencas vacías, al ver tu larga lengua relamer de tus labios unas gotas perdidas. Tú sonreías y yo no decía nada. El tiempo transcurría ralentizado y la temperatura del ambiente sobre mi piel era mezcla de rocío vespertino y ardor del mediodía, y añiles cuervos trazaban un vuelo imposible sobre las cumbres donde morían nuevamente esqueletos de animales irreconocibles.

En la soporífera tarde queda lo que he dejado: la tranquilidad de la tarde conmigo tumbado sobre la tierra igual que un cadáver, junto al sonido del agua que abraza pequeños cantos y plantas acuáticas, sin sonrisa en el rostro y los ojos abiertos, contemplando mi esqueleto a base de enclenques ramas sobre las que se posan miles de añiles cuervos, con sus largos picos manchados de mí mismo. Mientras, tú alzas hacia tu rostro tus manos cargadas de agua y el río parece detenerse a acariciar tus dedos y después se pierde entre ellos como esquivando las rocas, quizá asustado por una mueca de horror en tu semblante, con labios manchados de rojo y hambre saciada.

sábado 13 de junio de 2009

Peso atómico

Mi poder se disuelve durante la noche entre desvaríos febriles, para regenerarse durante el día con el mismo nuevo sol de todas las mañanas, y las fértiles tierras teñidas de misterioso verde se tornan estériles y amarillas al alba en un ciclo que parece no tener fin.

Oigo cantares arcanos y ancestrales en el silencio de la noche, unas voces femeninas y otras guturales que rasgan el leve sonido del viento en estos parajes que no existen, y el crepitar de la hoguera emitiendo un calor helado en mi piel entre una arboleda que no alcanzo a ver.

El cielo se ha convertido en un abismo negro en el que las estrellas se hunden en espiral y la ciudad es engullida por un gigante que vocifera un silencio atronador, y todo vuelve a quedar en una aparente calma que no es sino el indicio de una nueva tormenta que ha de llegar y que borrará estas letras de la misma forma en que mi poder se disuelve durante la noche entre desvaríos febriles, por intentar alcanzar objetos más grandes que este planeta.

domingo 15 de marzo de 2009

Viento del Norte




Los barcos pierden tras de sí un rastro blanco y espumoso sobre las oscuras aguas iluminadas por la luz mortecina de la tarde. Tocan vientos del norte basados en extrañas partituras doradas, los marineros desgastan sus manos arrojando redes que se pierden en la bruma, que miro desde estas altas rocas donde la furia de las olas arremete vorazmente, como si éstas pretendieran abirse paso a través de la tierra.

Tú, que con el aire de espinas como esos peces que parecen vivir aleatoriamente bajo las aguas, te agitas entre las sábanas húmedas y dejas caer la noche sobre ti, inventando palabras que se escurren entre tus dedos, que se derraman sobre el suelo encharcando las piedras talladas una vez; hoy agrietadas por la fuerza de tu llanto, que recibe en lo profundo redes marineras y que se desgasta día tras día como las manos de quien intenta apaciguarlo.